La Universidad Olmeca y la lección del relevo generacional

De Primera Mano

12 Oct, 2026
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Por

Rodulfo Reyes

En Tabasco, donde tantos políticos pelean por perpetuarse como si la administración pública fuera patrimonio familiar, la Universidad Olmeca ofrece una experiencia distinta: a 35 años de fundada, sigue cambiando de manos y buscando cómo responder a los nuevos tiempos.

Ello quedó de manifiesto el 1 de octubre, cuando asumió la rectoría Manuel Adalberto Pérez Lanz, en sustitución de Emilio Alberto De Ygartua Monteverde, quien estuvo ocho años al frente de la institución. El conocido médico es el sexto rector de una propuesta netamente local que nació en 1991 por iniciativa de 30 destacados empresarios con David Gustavo Gutiérrez Ruiz como motor.

El relevo, sin embargo, no se limita a quien ocupa la rectoría. También está en la participación de quienes crecieron con el proyecto y hoy encuentran su propio espacio para contribuir a él.

Uno de los ejemplos es Luis Arcadio Gutiérrez León, hijo de David Gustavo y egresado de Derecho de la propia UO y  quien preside la Mesa Directiva de Egresados para el periodo 2025-2027. Pero el relevo generacional va más allá. En la Junta de Gobierno y en el Consejo de Fundadores ya ocupan cargos de decisión varios hijos de los fundadores originales: David Jesús Gutiérrez León es tesorero de la Junta de Gobierno; Diego Rosique León, hijo del también fundador Diego Rosique Palavicini, se desempeña como secretario de ese mismo órgano; y Silvia Aurora López Hernández, hija del notario Payambé López Falconi, coordina el Consejo de Fundadores.

Su participación muestra una forma de dar continuidad al proyecto: los hijos no tienen que limitarse a custodiar lo que hicieron sus padres; también pueden encontrar su propio espacio para contribuir.

No se trata de que el apellido garantice la capacidad, sino que la experiencia acumulada no se convierta en un cerrojo y que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de demostrar lo que saben hacer.

La Universidad Olmeca también ha tenido que adaptarse a los cambios de la sociedad. Los estudiantes de hoy no tienen las mismas necesidades que quienes llegaron a sus aulas en 1991. Cambiaron las herramientas de enseñanza, el mercado laboral y las exigencias para ejercer una profesión. Ahora se suma la inteligencia artificial, que obliga a revisar cómo se enseña y qué conocimientos necesitarán los egresados.

La institución ha buscado responder con inversiones en infraestructura y tecnología, además de prestar atención a la preparación de sus alumnos para un mercado de trabajo que exige nuevas competencias.

Hay indicadores externos que permiten ubicarla en el panorama educativo estatal. En el listado de Tabasco de UniRank 2026, basado en indicadores de presencia digital, la Universidad Olmeca aparece en segundo lugar entre las catorce instituciones incluidas, detrás de la UJAT, y ocupa el primer puesto entre las privadas de esa relación. Es una medición de presencia en la web, no una evaluación integral de la calidad académica, pero aporta una referencia sobre su visibilidad.

La trayectoria también se mide en sus egresados. A tres décadas y media de su fundación, la universidad reporta más de ocho mil 500 alumnos que han concluido sus estudios. Detrás de esa cifra hay familias que confiaron en el proyecto y profesionistas que encontraron en sus aulas una oportunidad para construir su propia vida.

Todo esto viene a cuento por una razón que va más allá de la educación superior.

En la administración pública, formar nuevos cuadros debería ser parte de la responsabilidad de quienes ocupan los puestos de decisión. No basta con llevar jóvenes a las oficinas, encomendarles tareas y mantenerlos a la espera de que llegue su turno. Hay que darles atribuciones, permitirles equivocarse y exigirles resultados.

Los fundadores de la Universidad Olmeca pusieron el primer ladrillo en 1991. Casi 40 años después, sus egresados y los hijos de aquellos emprendedores comienzan a asumir nuevas responsabilidades y los desafíos educativos son otros.

La lección es que una obra no demuestra su fortaleza porque su fundador permanezca para siempre al frente, sino porque puede seguir adelante cuando llegan otras manos.

En política, donde tantos se resisten a soltar el cargo, no estaría de más aprenderla.


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