Por
Rodulfo Reyes
El sábado 15 de julio de 2006, cuando una célula de Los Zetas intentó rescatar de la cárcel municipal de Cunduacán a su jefe, el Comandante Mateo, abriéndose paso con una bazooka que hizo volar una patrulla policiaca y calcinó a su ocupante, las noticias no corrían con la inmediatez con que lo hacen hoy, incluso en tiempo real.
Si observamos con frialdad aquel episodio, ocurrido hacia el final del gobierno del priista, caeremos en la cuenta de que se trató de un hecho incluso más grave que muchos de los que hoy estremecen a Tabasco.
Hace 20 años, la sociedad no recibía ni metabolizaba los hechos violentos con la velocidad actual: Fue hasta el lunes siguiente del cunduacanazo cuando la prensa nacional llevó el ataque a sus portadas, destacando que se trataba de un personaje surgido de las Fuerzas Armadas que había fundado el que entonces era el cártel más peligroso y sanguinario de México.
Los medios locales —que en esa época eran prácticamente la única fuente informativa tradicional— también se dieron un festín. Sin embargo, pronto quedó claro que no había experiencia para cubrir un fenómeno que apenas comenzaba a mostrar su verdadera dimensión.
Por ejemplo, un reportero del principal diario de entonces hizo una nota de color sobre la casa de seguridad que las autoridades aseguraron al Z-10 en las afueras de Villahermosa. Al descubrir que había caballerizas, se aventó la puntada de escribir que el grupo criminal tenía caballos pura sangre para escapar si les caía la ley.
La historia provocó más de una carcajada. Aquellos rechonchos delincuentes difícilmente habrían podido montar, y menos dominar, unos nerviosos cuartos de milla criados exclusivamente para correr en pistas.
Dos décadas después, el impacto de la violencia es distinto porque la información se multiplica de manera instantánea y, la mayoría de las veces, se vuelve viral. Los propios grupos criminales también utilizan la súper carretera de la información para difundir sus actos y sembrar terror.
Ayer, este reportero le preguntó a un colega especializado en temas de seguridad el porqué de los cuerpos destazados en la lucha por la plaza entre La Barredora, organización que las autoridades le endilgan a Hernán Bermúdez Requena, identificado con el alias de Comandante H en informes militares confidenciales, y el CJNG, según dijo el secretario de Gobierno, José Ramiro López Obrador.
La respuesta parece aclarar lo que está sucediendo: los grupos criminales despedazan a sus rivales para enviar el mensaje de la saña con que operan.
Cuando decapitan a un rival y abandonan la cabeza lejos del cuerpo, le están diciendo a los narcomenudistas que si venden la droga de sus adversarios, eso mismo les puede pasar, explicó.
Como sea, 20 años después del ataque en Cunduacán, ese cáncer que alcanzó al gobierno de Manuel Andrade no solo sigue ahí, sino que ha crecido sin nadie haya sido capaz de convocar a la unidad de todos los sectores para enfrentar un mal que desde entonces no ha dejado de carcomer a Tabasco.




